El valor de la cultura, la historia, las costumbres y la educación es un tema subjetivo. Por lo tanto, todos los países cuyos antepasados han tenido a bien dejar un rico patrimonio histórico enfrentan el dilema de determinar como sociedad si éste es valioso en sí mismo o en la medida que genere un bien alterno, por ejemplo una ganancia económica. México (con un patrimonio histórico no sólo en bienes inmuebles sino en colecciones itinerantes tan grande que el gobierno mexicano, debido a acuerdos de intercambio, puede auspiciar exposiciones de arte egipcio sin pagar los millones de dólares que paga el Met de NY u otros museos o ciudades del mundo) vive este dilema casi tan álgidamente como el de la privatización petrolera.
La última historia en estos menesteres es el Resplandor Teotihuacano, el proyecto de espectáculo nocturno de luz y sonido en la ruinas aztecas teotihuacanas del Estado de México [1] que ha causado revuelo debido, principalmente, a que se dio a conocer a la luz pública cuando alguien se percató que las pirámides estaban siendo perforadas para poner cables y demás. Escándalo. El gobierno del Estado de México “se defendió” diciendo que la parte que estaba siendo afectada fue construida por albañiles descendientes en línea del Huey Tlatoani con la cal que se botó la siguiente semana que López Obrador inaguró el segundo piso del periférico de la Ciudad de México. El gobernador del estado también comentó que Teotihuacan es una de las pocas zonas arqueológicas de importancia que no cuentan con espectáculos nocturnos. Tiene razón.
