Zombis en el jardín

Imágenes de J Conner, http://www.flickr.com/people/14283765@N00/

El pasado 12, antes de las 12 horas tuvimos una irrupción de un montón de muertos vivientes en el jardín de nuestro edificio. Oímos agitación en la calle y corrimos a la ventana. Eran los gritos de los muertos y los de los no muertos que eran atacados, algunos trataban de huir, los pocos trataban de repeler la horda sangrienta. Como era hora de la comida (también para los vivos) decidimos seguir al grupo que crecía conforme avanzaba las cuadras de Massachusetts Avenue.  Muchos eran mordidos y transformados, otros salían con escobas, cacerolas a tratar de atacar. Había por ejemplo un niño que disparaba un AK47 mientras era cargardo por su padre. Muchos tenían armas de retrocarga que disparaban a discreción. Algunos osados conciliadores salian con letreros que decían cosas como “Dios odia a los zombis” y “¿Qué parte de estar muerto no entendieron?”.

El grupo de zombis fue dejando un rastro sangriento por la acera, manchando de rojo las paradas de autobús, y pintando el pasto del Cambridge Common, donde incluso algunos de ellos atacaron los monumentos. Uno de ellos trepó a lo alto de la estatua de John Bridge, la tiñó de rojo mientras la euforia de ultratumba alcanzaba el clímax con el grito de “presa, presa, presa…”

Aunque más voluntarios se unieron a la tarea de detener la carnicería, uno a uno caía y engrosaba más bien, la procesión de muertos vivientes. Teníamos desde los novios vestidos de frac y blanco, con la sangre escurriendo por los ojos, el anciano arrastrando la cadena de lo que pudo haber sido su perro, hasta los ejecutivos de AIG con su portafolio de piel y sus trajes Boss llenos de órganos humanos. Una mano por acá, un hígado por allá. Eso era, ante todo, un festín de tripas.zombi caminando en Massachusetts Avenue

zombi-gritando

Nosotros no teníamos miedo, hemos enfrentado el mismo fenómeno cada año. Y esta es la tercera vez. Nos mantuvimos estoicos y librando la matazón al mimetizarnos con ellos. Imitábamos su paso y su gruñir, la mirada pérdida y, de repente, el grito de furia, “presa, presa…”  El cansancio del trabajo de los últimos días nos ayudó a cumplir nuestro objetivo.

Todos los muertos y los pocos vivos que quedábamos, entre ellos el niño con la AK47, llegamos a Harvard Square. Algunos entraron a los negocios del lugar, otros entraron a la librería del Coop haciendo que la gente saliera despavorida. Lentamente nos fuimos juntando enfrente de la parada del metro. Donde nos sorprendió las notas de un grupo de música andina. Así que todos nos dedicamos a bailar, zombis y vivos en tregua dejaban sus preferencias alimenticias a un lado. El grupo subia el ritmo, ya no era “El cóndor pasa”, pero notas cortas e incesantes. Todos en círculo. El niño del AK47 volaba por los aires en repetidas ocasiones. La música subía de intensidad, la sangre hacía figuras en el piso.

De repente, la música cesó. Todos aplaudimos y recuperamos el aliento. Algunos recojieron sus escobas, otros sus pistolas de hule espuma, el niño regresó a su padre el cuaderno que usaba como arma. Alguien del grupo musical gritó “felices pascuas”, todos gritamos en euforia por última vez, mientras nos separábamos en distintas direcciones. Nosotros nos fuimos a comer, tacos de pescado, que a eso íbamos.

Ese fue un domingo de pascua cualquiera de este lado del mundo.

 

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