“¡Y ahora qué hizo padrecito! ¿Se le pasó el vino de consagrar?”
“Me sentí mareado”, fue lo que argumentó el E. Obispo de Córdoba, Veracruz, México para justificar la muerte de una persona y las lesiones de otras cinco cuando con su camioneta (de lujo, para completar el clichè) se salió de la calle, destruyó un auto estacionado y arrolló a varias vendedoras en la acera.
El juez declara homicidio culposo y parece decirle “que Dios lo perdone, padrecito, écheme la bendición, váyase para la iglesia, hágase confesar, récese sus Padres Nuestros, y déjenos pa´ los chescos.”
“A ver Miguel, házle la cuenta al padre”.
“Sí su santidad, tomando en cuenta su imbecilidura, digo, investidura, le vamos a hacer su descuento. Además como estamos hablando de que los afectados fueron inditos, denos $37 mil por la muertita, y $10 mil 600 por cada golpeado. O sea, déjelo en $90 mil y quedamos en paz. Así todos nos persignamos”.
¿Todavía habrá quien crea que la historia del sacerdote Eduardo Porfirio Patiño es ficción? Por si las dudas: la noticia.

