Influenza+sismo= potencial hiper-catástrofe

Nada podía ser más efectivo para motivar a miles de personas a salir a las desoladas calles de la Ciudad de México que la posibilidad de un desastre por un evento natural. Y hoy ocurrió uno poco antes del mediodía en la forma de un sismo de 5.7 grados (Richter).solis

De relativa poca magnitud para un país que tiene el primer lugar en ocurrencia de sismos (27) de o más de 7.5 grados en la misma escala entre 1900 y 2008, pero con suficiente fuerza para alertar a una población que a penas se encuentra masticando la irrupción epidémica de la llamada variante de la influenza porcina que provee a Norteamérica de evidencia de que las pandemias son ciertas y no una película de ficción o el nombre de una ONG en África.

Los más importante: estos dos eventos ponen en tela de juicio la capacidad de nuestras sociedades para enfrentar la ocurrencia de eventos de riesgo (naturales). La historia dice que la capacidad para enfrentar y recuperarnos de la ocurrencia de eventos aislados sistémicos se encuentra en continuo proceso de construcción. Ni mencionar la prevención, que en el caso de eventos naturales de poca ocurrencia, pero de alta magnitud, los costos y falta de metodologías la hacen imposible. Ahora, ¿qué pasa cuando dos o más eventos sistémicos ocurren a la vez? Recordemos San Salvador, Tegucigalpa (y en realidad casi cualquier país en  Centroamérica cuenta con alguna región o comunidad que ha sido afectada por dos o más eventos) o la Isla de  Honshu en Japón e incontables casos en África (que en este y otros muchos temas es el perro más flaco al que se le suben todas las pulgas).

Si uno echa un vistazo a la Base de Datos de Desastres de Emergencia Internacional, se puede concluir que las observaciones de eventos sistémicos naturales se ha incrementado a lo largo de los pasados 40 años [1]. Por otro lado, el PNUD reportó en el 2004 que las pérdidas económicas asociadas con desastres naturales promediaron alrededor de 75 USD miles de millones (billones en la escala corta) en los ´60s; más 138, en los 70´s; casi 214, en los 80´s; y casi 660, en los 90´s.

Estas son cifras absolutas y hay muchos escépticos. Otros se esfuerzan en modelar la posibilidad de ocurrencia: e.g., Martin Weitzman, profesor del Departamento de Economía de Harvard, publicó en febrero un documento sobre modelación e interpretación de los efectos de cambio climático. Weitzman concluye que la probabilidad de un “colapso desastroso del bienestar mundial” (i.e., Weitzman se refiere principalmente a un evento causado por el cambio climático) debido a un evento de alta magnitud y poca probabilidad (ocurrencia) es más alta  de lo que la ciencia estima [2].

¿Por qué la administración de riesgo contra eventos sistémicos no se ha desarrollado más rápido? Una explicación que mucha gente ha barajado a raíz de los brotes de influenza es la irresponsabilidad pública (y no sólo me refiero al gobierno, sino también a la SOCIEDAD CIVIL [¿qué necesitamos para dejar de portarnos como niños haciendo canciones para la influenza, tirando mensajitos estúpidos en el Facebook, andar por la calle como Juan Sin Miedo sin la más mínima precaución y burlándonos en general de la situación?, ¿qué se nos muera un familiar? Y responsable no quiere decir alarmista]. Si perder tiempo tiene un costo de oportunidad muy grande, no actuar tiene uno catastrófico (¿puedo usar este término cuando se tienen más de 100 víctimas fatales asociadas a la influenza en México -y casi el 20% con causa confirmada?).

Nivel de ingreso y evento catastrófico: la trampa de pobreza

Nivel de ingreso y evento catastrófico: la trampa de pobreza

Otra explicación, de la que sí puedo dar cuenta, es que la inversión en administración de riesgo de catástrofes apenas está cobrando relevancia en las políticas públicas de algunos países, mientras que en otros ni siquiera se contempla de manera formal (¿quién ha oído algún candidato incluir entre sus promesas de campaña el reducir la vulnerabilidad ante sequías, o huracanes, o temblores, o influenzas?). Es evidente que existe un auge en esta área justo después de que han ocurrido eventos catastróficos e impensables en países desarrollados (e.g., Katrina en Nueva Orleans), pero el mundo en desarrollo a penas tienen recursos para salir de la trampa de pobreza que la catástrofe ocasiona (¿qué tan grande será el efecto en México, ahora que una parte de la actividad económica está  parcialmente o totalmente detenida y ya, de por si, sufría los estragos de la recesión?). En tiempos de crisis, los gobiernos y los organismos internacionales se ven en la necesidad de cerrar la llave de los recursos a un montón de áreas estratégicas para el desarrollo, entre ellas la administración de riesgo climática y de catástrofes. Lo cual genera otro círculo maldito ya que la naturaleza, cual casero en fin de mes, nos viene a cobrar la cuenta en el momento en que estamos menos preparados para pagarla.

1. Aunque también le doy crédito a la idea que el registro de estos fenómenos se ha formalizado y mejorado en el ámbito global en los últimos años, por lo que hay una posibilidad que el aumento no haya sido tan significativo si de antes de la segunda mitad del siglo XX no tenemos datos fehacientes.

2. Ya sé, y el lector disculpará las frases tipo “sabemos que va a ocurrir, pero no sabemos cuando”, no es mi intención. Pero si quieren leer algo realmente alarmista y rabiosamente ignorante (sobre la realidad de la Ciudad de México, entre otras cosas), lean esto -de lo más leído en WordPress, wow!: http://thebovine.wordpress.com/2009/04/27/mexican-swine-flu-a-biowar-event-that-could-be-bigger-than-911/

Por cierto, para aquellos interesados en los casos de influenza porcina en los EEUU, este es el sitio del gobierno:

http://www.cdc.gov/swineflu/

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